Siempre supe que era diferente, lo notaba, lo sentía, me percibía desigual al resto y eso me hacía sentir especial ya desde que era adolescente. Cogía el metro y viajaba en un vagón abarrotado de gente, pero me percibía completamente sola. Quizá parezca hasta pedante, pero me sentía por encima de todas estas personas, como si yo supiera algo que los demás no sabían. Tenía un secreto que nadie quería que supiese y, a su vez, deseaba que lo descubrieran para que alguien pudiera ayudarme. Tenía un trastorno límite de la personalidad, una enfermedad psíquica que ya es crónica, un trastorno psiquiátrico originado en mi caso por una serie de situaciones traumáticas, que condiciona y modifica las emociones, la percepción del mundo y los comportamientos, llevándolos al límite del cielo y del infierno en cuestión de minutos.
Muchos estudios médicos y psiquiátricos corroboran la relación de este trastorno en víctimas de agresiones sexuales en la infancia como yo. Por todo ello, queremos tener controladas todas estas emociones para que nadie las descubra, para que nuestra identidad ante los demás quede inmaculada e impoluta, pero en ocasiones se desbocan como un caballo salvaje que es imposible apaciguar. Un olor, un comentario, una mirada, un comportamiento que nos resulta sospechoso pueden hacer que la admiración, la amistad, el amor que sentías hace un minuto se convierta en odio, en rencor, en enfado, en ira y ¿qué haces con todas estas emociones?, ¿qué haces cuando sabes que te van a juzgar, que te van a apartar del grupo porque eres insoportable, porque con una persona tan susceptible y paranoica como tú no se puede tratar, no se puede trabajar, no se puede vivir? Te enfadas contigo misma por no poder controlarte, te enfadas con el mundo por provocarte, te enfadas con la sociedad porque no te ayuda, porque te anula, te estigmatiza, te hace pequeña e invisible, te aparta para que no molestes con tus pataletas que destruyen todo lo que tocan. Y dejas de ir a comer con tu familia, dejas de ir a fiestas a las que nunca ya te invitan, dejas de salir con amigas que prefieren quedar con otras, dejas de tener relaciones porque las saboteas, porque sabes que vas a asustar a todas estas personas que solo quieren pasar un buen rato y vivir tranquilas, y tú se lo vas a fastidiar.
No obstante, es verdad que soy hipersusceptible pero también es verdad que me emocionan y me hacen feliz pequeñas cosas, propias y ajenas. Tanto es así, que mi sufrimiento, mi miedo al rechazo y abandono desmedido en mis crisis, también tiene su némesis en la felicidad por cosas ínfimas, en pequeños gestos, en escuetas palabras, pequeños actos de empatía o amabilidad que alguien pueda tener conmigo. El dolor es grande si me hieren, cierto es, pero me siento infinitamente agradecida si tienes un acto bonito o una palabra amable conmigo.
En definitiva, haber sido víctima de abusos sexuales en la infancia, con el peso de las secuelas de por vida, con un trastorno límite de la personalidad que nos hace más vulnerables emocionalmente que al resto, no implica que por ello tengamos que sentirnos peores personas; no lo somos, simplemente nos tocó vivir episodios de violencia concretos que marcaron nuestra historia y nuestra manera de sentir las emociones, nada más. Empatía, visibilización, concienciación y comprensión no estarían de más por parte de un sistema que en vez de prevenir prefiere barrer debajo de la alfombra todo lo que altere el orden natural de lo social y políticamente correcto. Y así nos va.
"CADA ABUSO QUE EVITAMOS, SON MUCHAS VIDAS QUE SALVAMOS"
Helga F Moreno